2018: aumento de terremotos por ralentización de rotación de la Tierra
La idea de que 2018 podría registrar un aumento de terremotos por una ralentización de la rotación de la Tierra nació de un trabajo presentado en 2017 en la reunión anual de la Sociedad Geológica de América. Allí se sugirió una correlación estadística entre los cambios minúsculos en la velocidad de giro del planeta y los grandes sismos.
Aunque el escenario sonó apocalíptico en muchos titulares, la realidad científica es más matizada. Este tema es clave para entender cómo funciona el planeta, qué podemos y qué no podemos predecir y cómo debemos prepararnos frente al riesgo sísmico.

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Rotación de la Tierra y terremotos: de la hipótesis al titular alarmista
El estudio de 2017 analizó décadas de registros sísmicos globales y de medidas de la duración del día, que varía levemente por cambios en la rotación.
Los autores observaron que, en ciertos periodos donde la rotación de la Tierra se hacía apenas más lenta, parecía aumentar el número de terremotos de magnitud 7 o superior, sobre todo en regiones cercanas al ecuador.
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La diferencia en la velocidad de rotación es minúscula: milésimas de segundo por día. Sin embargo, en escalas geológicas, estos cambios podrían estar indicando ajustes en la distribución de masas internas del planeta.
Según la hipótesis, esos ajustes podrían modificar el estado de esfuerzo en las placas tectónicas, empujando a ciertas fallas que ya están cerca de su punto de ruptura.
El problema llegó cuando la idea salió del ámbito académico y fue resumida en frases como “2018 será el año de los grandes terremotos”.
La hipótesis original hablaba de un aumento de probabilidad estadística, no de predicciones puntuales de catástrofes.

Cómo se mide la ralentización de la Tierra
Para entender el debate, es importante saber cómo se sabe que la Tierra no gira siempre exactamente igual.
La duración del día se mide comparando la rotación terrestre con la precisión de los relojes atómicos, capaces de detectar variaciones de microsegundos.
Diversos factores influyen en la rotación:
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Interacciones gravitatorias con la Luna y el Sol.
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Movimientos del núcleo externo líquido y del manto.
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Redistribución de masas en la superficie, como el deshielo de glaciares o grandes reservorios de agua.
Cuando los datos muestran que el planeta se está ralentizando ligeramente, se habla de un aumento en la Longitud del Día (LOD).
La hipótesis del estudio de 2017 vinculaba ciertos ciclos de aumento de LOD con picos históricos de sismicidad.
Lo importante es que no se trata de un freno brusco, sino de un patrón cíclico y extremadamente suave. No es algo que una persona pueda notar, pero sí un fenómeno visible para la geodesia de alta precisión.

¿Realmente 2018 tuvo más terremotos? Lo que mostraron los datos
Una cosa es la correlación estadística y otra muy distinta es la predicción exacta.
Cuando se anunciaron los resultados del trabajo, muchos medios interpretaron que 2018 registraría inevitablemente un fuerte aumento de terremotos devastadores.
Al analizar los catálogos sísmicos globales se observa que 2018 no fue un “año monstruo” incomparable.
Hubo terremotos destructivos en varias regiones —como ocurre prácticamente todos los años—, pero la cifra de grandes sismos no superó de manera dramática los promedios históricos.
Esto deja varias lecciones:
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Una correlación en un conjunto limitado de datos no garantiza que el patrón se repetirá siempre.
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El sistema sísmico de la Tierra es altamente complejo, influido por múltiples variables que aún no comprendemos por completo.
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La estadística puede sugerir periodos de mayor probabilidad, pero no fechas, lugares ni magnitudes específicas.
En otras palabras, la hipótesis de que la ralentización del giro terrestre podría coincidir con un aumento de grandes terremotos sigue siendo un tema de investigación interesante, pero no una herramienta fiable de predicción a corto plazo.

Riesgo sísmico, comunicación científica y responsabilidad mediática
Que una idea científica llegue a los titulares no es malo en sí mismo. De hecho, puede ser una oportunidad para que más personas se interesen por la geología, la tectónica de placas y la dinámica de la Tierra.
El problema surge cuando los matices se pierden y se convierte una hipótesis en apariencia razonable en un presagio catastrofista, generando miedo o, al revés, escepticismo absoluto hacia la ciencia.
En el caso del supuesto “año de los terremotos de 2018”, muchos artículos no explicaron que:
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Se trataba de un estudio preliminar, basado en correlaciones históricas, no en un modelo físico completamente demostrado.
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Los propios autores hablaban de probabilidades, no de certezas.
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El aumento esperado era estadístico, es decir, podía haber más eventos grandes en el promedio global, pero sin garantía de que afectaran a una región concreta.
Esta simplificación mediática puede tener consecuencias:
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Personas que viven en zonas de alto riesgo sísmico pueden sentir pánico injustificado.
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Otras pueden asumir que, como “no pasó nada extraordinario en 2018”, entonces no hay ningún riesgo real, cuando justamente lo contrario es cierto: en muchas regiones, el riesgo sísmico es permanente, independientemente de que la Tierra se frene un microsegundo más o menos.
Por eso, es clave que la comunicación científica insista en tres ideas:
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La incertidumbre forma parte de la ciencia.
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Una hipótesis se pone a prueba con nuevos datos, y puede ser confirmada, matizada o descartada.
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El foco no debe estar solo en el espectáculo del “gran terremoto”, sino en la prevención y en la planificación urbana segura.
Lo que sí sabemos: preparación, vulnerabilidad y futuro de la investigación
Más allá de que 2018 haya sido o no un año inusualmente sísmico, hay certezas que no dependen de esa polémica:
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La Tierra es un planeta tectónicamente activo, y los grandes terremotos van a seguir ocurriendo.
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Las regiones cercanas a bordes de placas, como el Cinturón de Fuego del Pacífico, Japón, Chile, México o ciertas zonas de Centroamérica y América del Sur, enfrentan un riesgo estructural permanente.
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La diferencia entre una tragedia masiva y un evento controlado depende en gran parte de la vulnerabilidad humana: calidad de las construcciones, planes de emergencia, educación ciudadana y sistemas de alerta.
Por eso, más que preguntarnos si tal año será el “año de los terremotos”, deberíamos concentrarnos en:
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Actualizar códigos de construcción para que los edificios resistan mejor el movimiento del terreno.
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Diseñar ciudades resilientes, con hospitales, escuelas y rutas críticas preparadas para emergencias.
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Invertir en monitoreo sísmico, redes de sismógrafos y sistemas de alerta temprana.
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Impulsar la educación pública sobre qué hacer antes, durante y después de un sismo.
La investigación sobre la relación entre rotación terrestre y sismicidad no está cerrada. Nuevos datos, mejores modelos de la estructura interna de la Tierra y técnicas más precisas de geodesia pueden aclarar si existe o no una conexión física robusta detrás de la correlación observada en algunos periodos del pasado.
Mientras tanto, la lección más importante que nos dejó el debate de 2017–2018 es que no podemos depender de pronósticos espectaculares para tomar decisiones.
Sabemos que habrá terremotos grandes en el futuro; lo que está en nuestras manos es reducir el impacto humano que puedan tener.
- Investigación y verificación de información crítica.
- Infraestructura técnica (hosting, seguridad y velocidad).
- Herramientas de monitoreo y cobertura de eventos extremos.
- Producción de guías prácticas para preparación ciudadana.
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