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Guerra del futuro: tecnologías militares que ya están cambiando el poder global

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1) Drones, enjambres y la “guerra barata” que se multiplica

La guerra del futuro ya se ve en el presente: drones comerciales, municiones merodeadoras y sistemas no tripulados están democratizando la capacidad de ataque. Con costos bajos y despliegue rápido, un actor con pocos recursos puede lograr efectos antes reservados a fuerzas estatales. El cambio es doble: aumenta la velocidad de las operaciones y baja el “umbral” de iniciar acciones, porque el costo político y humano directo puede parecer menor.

El siguiente salto es el enjambre: decenas o cientos de drones coordinados, capaces de saturar defensas, confundir radares y atacar objetivos múltiples. En términos de poder global, esto favorece a quienes dominan software, sensores y fabricación escalable, más que a quienes solo poseen plataformas tradicionales (tanques, buques, aviones).

En clave Orbes, el punto crítico es el uso dual. La misma tecnología que patrulla fronteras también puede servir para búsqueda y rescate, mapeo de zonas inundadas y evaluación de daños por clima extremo. Pero en escenarios de crisis, la proliferación también eleva riesgos: drones sobre infraestructura crítica (centrales, represas, puertos) se vuelven una amenaza realista y frecuente.

2) Inteligencia artificial: decisión acelerada, niebla de guerra y riesgo de error

La IA militar no es solo “robots”: es análisis de inteligencia, detección de patrones, recomendación de objetivos, priorización de amenazas y apoyo a la logística. Quien integra mejor datos de sensores, satélites y señales obtiene ventaja: ve antes, decide antes y actúa antes. Esto cambia el poder global porque la superioridad puede depender más de datos + algoritmos que de tamaño de ejército.

El problema es que la IA puede equivocarse con mucha confianza. En conflictos reales, la información es incompleta, engañosa o manipulada. Un error de clasificación o una inferencia apresurada puede generar escaladas. Por eso el debate internacional sobre autonomía y “control humano significativo” es central: no solo por ética, sino por estabilidad.

Para entender el marco del debate, conviene revisar los documentos y posiciones sobre armas autónomas en la ONU (UNODA): debate sobre armas autónomas en Naciones Unidas (enlace externo).

En emergencias, la IA también puede ser aliada: clasificación rápida de imágenes tras incendios, predicción de rutas de evacuación, detección de fallas en redes eléctricas. El desafío es gobernanza: qué se automatiza, con qué auditorías, y quién responde cuando falla.

3) Ciberataques y guerra de infraestructura: el frente invisible que pega primero

Si hay un “arma” que atraviesa fronteras sin tanques ni misiles, es el ciberataque. Hoy, un conflicto puede empezar con interrupciones en electricidad, comunicaciones, agua, logística, bancos y medios. Eso modifica el poder global porque la capacidad de daño ya no depende solo de poder de fuego: depende de vulnerabilidades y de quién tenga mejores equipos de intrusión y defensa.

Para países y ciudades, el impacto se siente como una emergencia civil: cortes de servicios, caos en hospitales, problemas de abastecimiento. Además, en eventos de clima extremo (olas de calor, tormentas severas), la infraestructura ya está estresada; un ataque coordinado en ese momento puede amplificar el daño.

Un enfoque útil es pensar en “resiliencia”: segmentación de redes, backups offline, protocolos manuales, y entrenamiento de respuesta. Como referencia técnica y de buenas prácticas, es valioso el material del NIST sobre ciberseguridad: guías del NIST para fortalecer la ciberseguridad (enlace externo).

4) Espacio, satélites y guerra electrónica: ver, ocultar, interferir

El espacio dejó de ser solo exploración: es navegación, comunicaciones, inteligencia y sincronización. Los satélites sostienen desde GPS hasta enlaces militares y observación de terreno. Por eso, la competencia incluye guerra electrónica (interferir, engañar señales), ciberataques a estaciones terrestres y capacidades antisatélite.

En poder global, esto introduce una lógica nueva: quien puede negar información al adversario (cegar sensores, interferir comunicaciones) puede ganar sin “destruir” tanto. Es una guerra por el espectro electromagnético, donde el objetivo es degradar la coordinación enemiga.

Para el mundo civil, el riesgo es claro: si se afecta el posicionamiento o las comunicaciones, se comprometen aviación, transporte, logística, emergencias y hasta operaciones de ayuda ante desastres. Cuando hay incendios masivos o inundaciones, depender de conectividad y geolocalización es vital; perderla por interferencias o fallas colaterales puede costar vidas.

5) Energía dirigida, hipersónicos y defensa antiaérea: la carrera por el “tiempo cero”

Dos líneas tecnológicas empujan la guerra hacia el “tiempo cero”: misiles hipersónicos (muy veloces y difíciles de interceptar) y energía dirigida (láseres y microondas de alta potencia) para defensa. Aunque su despliegue es desigual, la tendencia es que las defensas busquen derribar amenazas baratas (drones, cohetes) con costos por disparo más bajos, y que los atacantes busquen penetrar con velocidad, maniobra o saturación.

Esto altera el equilibrio: fortalece a quien tenga industria, materiales avanzados, sensores y mando y control integrados. Y aumenta el valor de la defensa aérea de capas múltiples alrededor de infraestructura crítica y ciudades.

En paralelo, crece la discusión sobre límites y reglas. Un buen punto de lectura, por su enfoque humanitario y legal, es el CICR (ICRC) sobre nuevas tecnologías y armas: posición del CICR sobre armas autónomas y límites (enlace externo).

Cierre Orbes: La “guerra del futuro” no es solo una cuestión militar; es un fenómeno que toca la vida cotidiana. En un mundo con clima extremo, cadenas de suministro frágiles y alta dependencia digital, el poder global se redefine por la capacidad de resistir, recuperarse y seguir funcionando. Para gobiernos, empresas y ciudadanos, la pregunta clave ya no es “si habrá crisis”, sino qué tan preparados estamos para un shock tecnológico que puede llegar sin aviso.

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