Huracanes más destructivos sobre océanos cálidos

Huracanes más destructivos: océanos cálidos y nuevas zonas de riesgo

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Los huracanes no necesitan que el cambio climático los cree: los ciclones tropicales forman parte del sistema atmosférico desde mucho antes del calentamiento actual. Lo que está cambiando son algunas de las condiciones ambientales en las que estas tormentas se desarrollan, especialmente la temperatura del océano, la humedad disponible en la atmósfera y el nivel del mar sobre el que actúa la marejada ciclónica.

Los registros recientes muestran un océano excepcionalmente cálido. La Organización Meteorológica Mundial (OMM) informó que el contenido de calor oceánico volvió a alcanzar un máximo histórico en 2025 y que los últimos nueve años establecieron sucesivamente nuevos récords. Además, aproximadamente el 90 % de la superficie oceánica experimentó al menos una ola de calor marina durante ese año.

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Esto no significa que cada temporada vaya a producir más huracanes ni que todas las tormentas sean consecuencia directa del calentamiento global. La relación es más compleja. La evidencia científica apunta especialmente hacia mayores precipitaciones, una mayor proporción de ciclones muy intensos y condiciones favorables para episodios de intensificación rápida, mientras que existe más incertidumbre sobre cómo cambiará el número total de ciclones tropicales.

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El problema para las poblaciones costeras es que la peligrosidad tampoco depende únicamente de la categoría alcanzada por un huracán. La lluvia extrema, las inundaciones, la marejada ciclónica, el crecimiento urbano y el aumento del nivel del mar pueden convertir incluso a un ciclón que se debilita antes de tocar tierra en una emergencia de gran escala.

Océanos más cálidos: el combustible disponible para los huracanes

Un ciclón tropical obtiene gran parte de su energía del océano. El agua cálida favorece la evaporación y proporciona humedad a la atmósfera; cuando ese vapor se condensa dentro de las tormentas, libera calor latente que contribuye a sostener la circulación del sistema. Sin embargo, una superficie oceánica caliente no garantiza por sí sola la formación de un huracán.

También son necesarias otras condiciones: suficiente humedad atmosférica, una perturbación inicial, rotación asociada al efecto Coriolis y una cizalladura vertical del viento que no destruya la estructura del ciclón. Por eso pueden existir extensas áreas de agua extremadamente cálida sin que aparezcan huracanes.

Lo significativo es la enorme cantidad de energía que está acumulando el océano. Según el informe Estado del Clima Global 2025 de la Organización Meteorológica Mundial, el ritmo de calentamiento oceánico durante 2005-2025 fue más del doble del observado entre 1960 y 2005.

Para los ciclones, además, importa el calor almacenado bajo la superficie. Si una tormenta atraviesa una capa cálida profunda, sus propios vientos pueden mezclar el agua sin hacer aflorar suficiente agua fría como para debilitarla rápidamente. Bajo condiciones atmosféricas favorables, ese reservorio energético puede contribuir a mantener o aumentar su intensidad.

El calentamiento oceánico, por tanto, debe entenderse como un factor que modifica el entorno en el que evolucionan los huracanes, no como un mecanismo capaz de explicar por sí solo cada tormenta.

Intensificación rápida: cuando una tormenta cambia antes de que llegue la evacuación

Uno de los escenarios más problemáticos para los sistemas de emergencia ocurre cuando un ciclón aumenta su intensidad rápidamente cerca de la costa. Una tormenta que parecía manejable puede convertirse en un huracán mucho más peligroso dentro de un intervalo relativamente corto, reduciendo el margen disponible para evacuaciones y preparativos.

La temperatura del océano influye, pero nuevamente no actúa sola. La estructura interna del ciclón, la humedad de la troposfera, la cizalladura del viento y las interacciones atmosféricas determinan si la energía oceánica disponible puede transformarse efectivamente en vientos más fuertes.

El IPCC considera probable que la proporción global de ciclones tropicales de gran intensidad haya aumentado durante las últimas cuatro décadas y también señala evidencia de un incremento de los episodios de intensificación rápida. Al mismo tiempo, advierte que las tendencias históricas de estos fenómenos presentan incertidumbres debido a las limitaciones de las observaciones y a la gran variabilidad natural.

El análisis científico del IPCC sobre ciclones tropicales y cambio climático proyecta con alta confianza un aumento global de los vientos máximos promedio y de la proporción de ciclones intensos a medida que aumenta la temperatura global.

Desde la perspectiva de Emergencias, esta característica obliga a reconsiderar los tiempos de preparación. Los planes basados exclusivamente en la intensidad prevista varios días antes del impacto pueden resultar insuficientes cuando existe la posibilidad de una intensificación próxima a tierra.

La respuesta necesita integrar pronósticos actualizados, alertas tempranas, rutas de evacuación previamente definidas y comunicaciones capaces de llegar rápidamente a poblaciones vulnerables.

Las nuevas zonas de riesgo no significan huracanes apareciendo en cualquier lugar

Hablar de nuevas zonas de riesgo de huracanes requiere precisión. El calentamiento climático no implica que los ciclones tropicales vayan a comenzar a formarse de manera habitual en cualquier océano o latitud. Su desarrollo sigue condicionado por factores físicos y geográficos específicos.

Sin embargo, existen señales de cambios regionales. El IPCC determinó que la posición promedio en la que los ciclones alcanzan su máxima intensidad se ha desplazado hacia latitudes más altas en el Pacífico Norte occidental, aunque la evidencia y las proyecciones no son iguales para todas las cuencas oceánicas.

Un ejemplo particularmente llamativo ocurrió en el sudoeste del Pacífico y el sudeste asiático. La OMM informó en 2026 que el ciclón Senyar fue el primer sistema conocido que alcanzó intensidad de ciclón tropical en el estrecho de Malaca. El organismo señaló que el fenómeno afectó a más de diez millones de personas en Indonesia y Malasia y causó más de 1.200 muertes.

Un acontecimiento excepcional no demuestra por sí mismo que una nueva región haya adquirido permanentemente un clima favorable para ciclones. Pero episodios de este tipo muestran por qué los mapas históricos de riesgo no deberían interpretarse como fronteras inmutables.

El problema también es social. Una zona que raramente recibe ciclones intensos puede disponer de menor experiencia, infraestructura menos adaptada y protocolos de evacuación menos desarrollados, aumentando las consecuencias de un fenómeno poco frecuente.

Por eso, el riesgo futuro debe evaluarse combinando climatología, calentamiento oceánico, trayectoria de las tormentas, exposición de la población y capacidad local de respuesta.

Lluvias, marejada y nivel del mar: por qué la categoría no explica toda la destrucción

La escala Saffir-Simpson clasifica los huracanes según la velocidad máxima sostenida del viento. Es una información fundamental, pero no representa todos los peligros asociados con un ciclón.

Un huracán también puede descargar enormes cantidades de agua. Una atmósfera más cálida puede contener más vapor, y la evidencia científica indica que las precipitaciones asociadas con los ciclones tropicales aumentan con el calentamiento global. El IPCC atribuye con alta confianza una contribución humana a cantidades extremas de lluvia registradas en determinados ciclones tropicales.

Esto convierte a las inundaciones en una amenaza que puede extenderse cientos de kilómetros tierra adentro. Un ciclón que pierde categoría después de tocar tierra todavía puede producir precipitaciones excepcionales, desbordamientos de ríos, deslizamientos y aislamiento de poblaciones.

En la costa aparece otro factor: el aumento del nivel medio del mar eleva la base sobre la que actúa la marejada ciclónica. La OMM indica que el nivel medio global del mar en 2025 se encontraba aproximadamente 11 centímetros por encima del registrado al comienzo de las mediciones satelitales en 1993.

La explicación física puede consultarse también en el análisis de la NOAA sobre aumento del nivel del mar y calentamiento climático: el calentamiento expande el agua oceánica y el derretimiento del hielo continental incorpora agua adicional al océano.

En consecuencia, una marejada similar puede alcanzar una costa cuyo nivel de referencia ya es más elevado, aumentando potencialmente la penetración del agua en áreas bajas.

La vulnerabilidad urbana amplifica el problema: construcciones sobre humedales, impermeabilización del suelo, drenajes insuficientes y crecimiento en zonas inundables pueden transformar un fenómeno meteorológico severo en una catástrofe humana.

Emergencias ante huracanes más destructivos: anticiparse al impacto

La gestión moderna del riesgo no puede depender únicamente de saber dónde tocará tierra el centro de un huracán. Los servicios meteorológicos necesitan estimar simultáneamente viento, precipitación, marejada, oleaje e inundaciones, mientras las autoridades deben traducir esas previsiones en decisiones concretas.

Las alertas tempranas son especialmente importantes cuando existe riesgo de intensificación rápida. Esperar hasta que el ciclón alcance oficialmente una categoría extrema puede dejar poco tiempo para evacuar ciudades costeras densamente pobladas.

También debe cambiar la planificación territorial. Hospitales, centrales eléctricas, telecomunicaciones, plantas de tratamiento de agua, carreteras y refugios necesitan ser evaluados considerando no solamente los registros históricos, sino también escenarios climáticos futuros y el aumento del nivel del mar.

América Latina y el Caribe constituyen una región especialmente expuesta. El informe climático regional de la OMM publicado en 2026 destaca que durante 2025 se registraron ciclones tropicales destructivos y episodios de rápida intensificación, mientras que el nivel del mar está aumentando por encima del promedio mundial en sectores del Atlántico tropical y el Caribe.

Eso no permite afirmar que todos los huracanes futuros serán más destructivos. La ciencia tampoco proyecta necesariamente un aumento del número global de ciclones: el IPCC considera que la frecuencia total podría disminuir o permanecer aproximadamente estable, mientras aumentan las precipitaciones y la proporción de tormentas intensas.

La diferencia es crucial. El riesgo no depende solamente de cuántos huracanes se formen, sino de qué intensidad alcanzan, dónde impactan y qué encuentran cuando llegan a tierra.

Con océanos que continúan acumulando calor y costas cada vez más urbanizadas, la preparación deberá adaptarse a peligros que ya no pueden evaluarse únicamente mediante la experiencia del pasado.

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Juan Daniel Missaglia, fundador de Orbes Argentina

Sobre el autor

Juan Daniel Missaglia

Investigador y divulgador

Fundador y director de Orbes Argentina, medio digital independiente especializado en emergencias, clima extremo, ciencia, geopolítica y tendencias globales.

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