Las personas religiosas viven más tiempo que los no creyentes
Las investigaciones científicas llevan décadas estudiando la relación entre religión, salud y esperanza de vida. En 2018, la psicóloga Laura E. Wallace, de la Universidad Estatal de Ohio, analizó cientos de obituarios y concluyó que las personas con afiliación religiosa vivían varios años más que quienes no mencionaban ninguna creencia.news.osu.edu+1
Su trabajo abrió un debate intenso: ¿realmente “las personas religiosas viven más tiempo que los no creyentes”? ¿O hay otros factores sociales y psicológicos que explican esa diferencia?
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En este artículo exploramos los principales hallazgos del estudio, sus límites y lo que cualquier persona —creyente o no— puede aprender sobre bienestar, comunidad y propósito de vida.

Religión, salud y longevidad: qué descubrió el estudio
El equipo de Wallace analizó más de 1.000 obituarios publicados en distintos medios de Estados Unidos. Compararon la edad al momento de la muerte entre quienes tenían alguna mención religiosa en su obituario y quienes no.news.osu.edu+1
Los resultados fueron llamativos:
En una de las muestras, las personas con afiliación religiosa vivieron, en promedio, unos cuatro años más que aquellas sin referencia a religión.news.osu.edu+1
Esa diferencia se mantuvo incluso al controlar variables como el género o el estado civil, que suelen influir en la longevidad.
El estudio no se limitó a preguntar si alguien “creía” o no, sino que se fijó en la participación en instituciones religiosas, como iglesias, sinagogas, mezquitas o templos. Eso permitió relacionar la vida comunitaria con la esperanza de vida.
La propia Wallace señaló que el efecto de la afiliación religiosa sobre la longevidad era comparable, en magnitud, a la diferencia promedio entre hombres y mujeres, lo que muestra un impacto estadísticamente relevante.MarketWatch

Factores que explican por qué las personas religiosas viven más
Es importante remarcar que el estudio no afirma que exista una “magia” en la religión que garantice vivir más. Lo que hace es mostrar una correlación entre religiosidad y esperanza de vida.
Detrás de esa relación hay varios factores que la ciencia viene estudiando:
Apoyo social sólido. Quienes participan en comunidades religiosas suelen tener redes de amigos, grupos de ayuda y espacios donde compartir problemas. Ese soporte emocional se ha vinculado con un menor riesgo de depresión y con un mejor manejo del estrés.
Hábitos de vida más saludables. Algunas tradiciones religiosas promueven moderar el consumo de alcohol, evitar drogas o sostener rutinas de descanso más ordenadas. En conjunto, estos hábitos pueden traducirse en menos enfermedades crónicas.
Voluntariado y servicio. Wallace y su equipo observaron que las personas religiosas, en promedio, participaban más en actividades de ayuda y voluntariado, algo que también se asocia con una mejor salud mental y física.The Times of India
Sentido de propósito y esperanza. La idea de que la vida tiene un significado profundo, o que existe “un poder superior”, puede ayudar a muchas personas a afrontar pérdidas, enfermedad y adversidad sin caer en la desesperanza.
Varios estudios independientes, revisados por instituciones como Harvard y otros centros académicos, coinciden en que la espiritualidad y la participación comunitaria pueden reducir el riesgo de mortalidad, aunque siempre dentro de un marco de estilos de vida saludables y acceso a la salud.

El rol de la comunidad, los rituales y el sentido de propósito
Más allá de las cifras, lo que aparece como hilo conductor es la vida en comunidad. Las personas que participan en ceremonias, rituales y encuentros regulares suelen:
Tener alguien que se preocupe por ellas si faltan a una reunión.
Recibir apoyo cuando atraviesan duelo, enfermedad o problemas económicos.
Contar con espacios para compartir alegrías y logros, lo cual aumenta la sensación de gratitud y bienestar.
Los rituales religiosos —desde festividades hasta simples momentos de oración— actúan como anclas emocionales. Permiten detener la rutina, reflexionar y reconectar con valores profundos. Esa capacidad de poner en perspectiva el estrés cotidiano puede tener efectos fisiológicos: menor tensión arterial, mejor sueño y reducción de respuestas inflamatorias asociadas al estrés crónico, según distintas investigaciones en psicología de la salud.
El estudio de Wallace también sugiere que el impacto de la religión en la longevidad puede ser más fuerte en ciudades o culturas donde la religiosidad es socialmente valorada, porque allí la participación religiosa facilita aún más la integración social.ResearchGate

Limitaciones del estudio y riesgos de interpretar mal los datos
Aunque los titulares suelen simplificar diciendo que “las personas religiosas viven más que los ateos”, es fundamental entender las limitaciones del estudio para no sacar conclusiones erróneas.
Primero, la investigación se basó en obituarios. Eso implica que:
No todas las personas tienen obituario publicado.
Las familias pueden decidir mencionar o no la afiliación religiosa, independientemente del grado real de práctica o creencia.
No se mide la intensidad de la fe, sino la referencia a instituciones religiosas.
Segundo, es un estudio observacional, no un experimento. Eso significa que no puede probar causa-efecto. No se puede afirmar científicamente que “si una persona se vuelve religiosa, vivirá X años más”. Hay muchas otras variables en juego: nivel socioeconómico, acceso a servicios de salud, alimentación, genética, educación, cultura, etc.
Tercero, la investigación se realizó en Estados Unidos, un país con características culturales específicas. No es correcto generalizar automáticamente los resultados a todos los países o religiones sin investigaciones propias.
Por eso, los propios autores y otros expertos recomiendan interpretar los hallazgos con prudencia y verlos como parte de un conjunto más amplio de estudios sobre religión, espiritualidad, salud y comportamiento social. Quien desee profundizar puede consultar el artículo académico original publicado en la revista Social Psychological and Personality Science o el resumen divulgativo de la Universidad Estatal de Ohio.SAGE Journals+1

Qué puede aprender cualquier persona, crea o no en un poder superior
La frase “la creencia en un poder superior” puede entenderse no solo como adhesión a una religión organizada, sino como conexión con algo que trasciende al individuo: una comunidad, un conjunto de valores, un proyecto colectivo o una visión espiritual más amplia.
De los estudios sobre religiosidad y longevidad se desprenden varias lecciones útiles para todas las personas, sin importar si son creyentes, agnósticas o ateas:
Cuidar los vínculos cercanos. Tener amigos, familia elegida o grupos donde haya escucha y apoyo sincero es un factor clave de bienestar. Muchas comunidades religiosas lo ofrecen, pero también lo hacen clubes, asociaciones culturales, grupos de voluntariado o colectivos artísticos.
Cultivar el altruismo. Participar en actividades de ayuda, donación o servicio fortalece el sentido de propósito y se asocia con mejor salud mental y física. No es exclusivo de ningún credo: cualquier persona puede encontrar formas de contribuir a su entorno.
Desarrollar prácticas de reflexión. Oración, meditación, escritura personal, contemplación de la naturaleza o simples momentos de silencio ayudan a manejar el estrés y a tomar decisiones con más claridad.
Adoptar hábitos saludables coherentes con los valores propios. Cuidar el cuerpo, dormir bien, evitar el abuso de sustancias y buscar ayuda profesional cuando se necesita es compatible con cualquier visión del mundo.
En última instancia, lo que parece prolongar la vida no es solamente la etiqueta de “creyente” o “no creyente”, sino la combinación de redes de apoyo, hábitos de vida, sentido de comunidad y propósito existencial. Para muchas personas, la religión es el marco donde todo eso se organiza. Para otras, ese marco se construye desde la ciencia, la filosofía, el arte o el compromiso social.
Lo importante es no usar estos datos para discriminar o valorar a las personas según sus creencias, sino para comprender mejor cómo crear sociedades donde todos —con fe o sin ella— tengan acceso a los recursos relacionales, emocionales y materiales que favorecen una vida más larga y plena.
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