Sequías prolongadas y escasez de agua en embalses

Sequías prolongadas: el problema silencioso que amenaza agua y alimentos

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Las sequías no suelen comenzar con una imagen espectacular. No derriban edificios en segundos ni transforman una ciudad durante una sola noche. Avanzan lentamente, mediante semanas o meses de precipitaciones insuficientes, pérdida de humedad del suelo, disminución de caudales y agotamiento progresivo de reservas de agua. Precisamente esa evolución gradual puede hacer que su gravedad se subestime hasta que las consecuencias ya alcanzan a numerosos sectores.

Una sequía prolongada puede afectar simultáneamente el abastecimiento de agua potable, la agricultura, la ganadería, la generación hidroeléctrica, los ecosistemas y la disponibilidad de alimentos. Sus consecuencias tampoco terminan necesariamente cuando vuelve a llover: acuíferos, embalses y suelos pueden necesitar períodos considerablemente más largos para recuperarse.

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El problema adquiere especial importancia dentro del análisis del clima extremo y las emergencias porque una sequía no depende únicamente de cuánto llueve. Las temperaturas elevadas aumentan la evaporación y la demanda de agua de la vegetación, mientras que el consumo humano, agrícola e industrial puede incrementar la presión sobre recursos que ya se encuentran reducidos.

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La Organización Meteorológica Mundial (OMM) informó en septiembre de 2026 que 2025 estuvo entre los años con menor descarga fluvial global de las últimas tres décadas y media, dentro de un período reciente caracterizado por importantes anomalías hidrológicas. World Meteorological Organization El desafío consiste en detectar estas señales suficientemente temprano y actuar antes de que un déficit de precipitaciones se transforme en una crisis de agua, producción y alimentos.

Cuando la falta de lluvia se convierte en una sequía prolongada

No toda ausencia temporal de lluvia constituye una sequía. Los especialistas distinguen diferentes dimensiones del fenómeno porque sus impactos aparecen en momentos distintos. Una sequía meteorológica comienza con precipitaciones persistentemente inferiores a los valores esperados para una región y época determinadas. Si la situación continúa, puede reducirse la humedad disponible para cultivos y pasturas, generando una sequía agrícola.

Más adelante pueden disminuir los niveles de ríos, lagos, embalses y aguas subterráneas. Entonces aparece la sequía hidrológica, cuyos efectos pueden persistir incluso después del regreso de las precipitaciones. La OMM define la sequía como un período seco prolongado del ciclo climático natural y destaca que puede ocurrir prácticamente en cualquier región del planeta. World Meteorological Organization

La información de la Organización Meteorológica Mundial sobre las sequías y sus impactos muestra por qué deben evaluarse mediante variables como duración, intensidad, extensión geográfica y momento en que ocurren.

También importa la temperatura. Una atmósfera más cálida puede favorecer una mayor evapotranspiración, acelerando la pérdida de humedad del suelo y aumentando las necesidades hídricas de determinados cultivos. Sin embargo, el cambio climático no afecta de idéntica manera a todas las regiones: las tendencias de precipitación, circulación atmosférica, humedad y disponibilidad de agua presentan importantes diferencias geográficas.

Por eso una sequía concreta no debería atribuirse automáticamente al calentamiento global sin un análisis específico. La variabilidad natural, fenómenos como El Niño y La Niña, y factores regionales pueden desempeñar también un papel relevante.

El agua desaparece mucho antes de que se vacíen los embalses

Uno de los aspectos menos visibles de una sequía es que el deterioro comienza antes de que aparezcan imágenes de embalses vacíos. El primer indicador puede ser una reducción de la humedad del suelo, seguida por menores caudales, menor recarga de acuíferos y un aumento de la demanda de riego.

Cuando una sequía persiste, las ciudades pueden enfrentarse a decisiones cada vez más difíciles sobre cómo distribuir un recurso limitado entre consumo humano, agricultura, industria, energía y conservación ambiental. No todos esos usos tienen la misma prioridad ni pueden reducirse con igual facilidad.

Los acuíferos añaden otra dimensión. El agua subterránea puede amortiguar temporalmente una sequía cuando disminuyen las fuentes superficiales, pero una extracción superior a la recarga durante períodos prolongados puede trasladar el problema hacia el futuro. Recuperar determinadas reservas subterráneas puede requerir mucho más tiempo que llenar nuevamente un pequeño embalse.

El último informe disponible de la OMM sobre recursos hídricos globales señala que el almacenamiento de agua sobre las superficies continentales ha disminuido durante la última década y que los últimos siete años han mostrado anomalías importantes en los caudales de los ríos. World Meteorological Organization

El informe de la OMM sobre el estado de los recursos hídricos mundiales permite observar la sequía como parte de un sistema mucho más amplio que incluye ríos, aguas subterráneas, humedad, nieve, hielo y almacenamiento terrestre.

Esto explica por qué una tormenta intensa no necesariamente termina con una sequía prolongada. Para una recuperación efectiva importa cuánto llueve, dónde, durante cuánto tiempo y qué cantidad logra infiltrarse o almacenarse.

Agricultura: donde la escasez de agua se convierte en un problema alimentario

La agricultura se encuentra especialmente expuesta porque necesita agua en momentos concretos del ciclo de cada cultivo. Una precipitación que llega demasiado tarde puede tener un valor limitado si la planta atravesó previamente una fase crítica bajo estrés hídrico.

La FAO señala que la agricultura suele ser el primer sector afectado por las sequías y el que soporta una parte especialmente elevada de sus impactos directos. Las pérdidas pueden extenderse desde menores rendimientos hasta alteraciones de las cadenas de suministro y de los medios de vida rurales. FAOHome

La FAO explica cómo las sequías afectan la agricultura y la seguridad alimentaria, destacando además que sus efectos pueden prolongarse durante meses o años.

El problema tampoco se limita a los cultivos. La falta de lluvias reduce pasturas y disponibilidad de agua para el ganado. Los productores pueden necesitar comprar alimento adicional, reducir rodeos o modificar decisiones de siembra. Al mismo tiempo, los sistemas irrigados enfrentan dificultades cuando disminuyen ríos, embalses o acuíferos.

Esto no significa que toda sequía produzca automáticamente escasez generalizada de alimentos. El resultado depende de la duración y extensión del evento, las reservas existentes, el comercio, la infraestructura, la capacidad de adaptación agrícola y las condiciones económicas.

Sin embargo, cuando una región productora importante experimenta pérdidas considerables, pueden aparecer efectos indirectos sobre mercados y precios. Si varias regiones agrícolas sufren simultáneamente fenómenos adversos, el sistema dispone de menos capacidad para compensar una mala cosecha con producción procedente de otros territorios.

Para países con una fuerte producción agropecuaria, como Argentina, esta relación entre agua, rendimiento agrícola y economía convierte a la sequía en un riesgo que excede ampliamente al sector rural.

El cambio climático modifica algunos de los factores del riesgo

Las sequías existían mucho antes del actual calentamiento global y forman parte de la variabilidad natural del clima. La cuestión científica no es si el cambio climático “creó” las sequías, sino cómo puede modificar su probabilidad, intensidad o duración en determinadas regiones.

El aumento de las temperaturas puede incrementar la demanda evaporativa de la atmósfera y favorecer una pérdida más rápida de humedad del suelo cuando el agua disponible es limitada. Pero la evolución de las precipitaciones es geográficamente compleja, por lo que no resulta correcto afirmar que todas las regiones experimentarán el mismo aumento de sequías.

América Latina ofrece ejemplos de esa diversidad. El informe climático regional de la OMM correspondiente a 2025 documentó tanto sequías persistentes como episodios de precipitaciones extremas, además de impactos sobre sistemas agroalimentarios y recursos hídricos. World Meteorological Organization

El informe de la OMM sobre el clima de América Latina y el Caribe permite contextualizar esas diferencias regionales y evitar una interpretación excesivamente simple del vínculo entre calentamiento y disponibilidad de agua.

Existe además una interacción importante entre sequía y calor. Temperaturas excepcionalmente altas durante un período seco pueden agravar el estrés hídrico, aumentar la demanda de agua y secar más rápidamente la vegetación.

Esa vegetación seca puede favorecer además condiciones propicias para incendios forestales, aunque la aparición y propagación del fuego dependen también del viento, la vegetación disponible, la humedad, las fuentes de ignición y la gestión territorial.

Por eso, desde una perspectiva de clima extremo, resulta cada vez más importante estudiar riesgos compuestos y no fenómenos completamente aislados.

Detectar una emergencia lenta antes de que se convierta en crisis

Una ventaja particular de las sequías frente a otros peligros meteorológicos es que pueden vigilarse durante su desarrollo. Satélites, estaciones meteorológicas, sensores de humedad del suelo, mediciones hidrológicas y modelos permiten detectar cambios mucho antes de que los impactos alcancen su máxima gravedad.

Los satélites pueden observar anomalías en la vegetación y humedad superficial. Las redes terrestres registran precipitaciones y temperaturas, mientras que los organismos hidrológicos controlan ríos, embalses y, cuando existen suficientes datos, reservas subterráneas.

La FAO utiliza, entre otras herramientas, el Agricultural Stress Index System (ASIS), que emplea observaciones satelitales para identificar áreas agrícolas con una elevada probabilidad de estrés hídrico. Estos sistemas permiten vincular monitoreo con acciones tempranas destinadas a reducir pérdidas. FAOHome

La tecnología, sin embargo, no resuelve por sí sola el problema. Una alerta temprana solo resulta útil cuando existen decisiones previstas para diferentes niveles de riesgo: gestión de embalses, prioridades de abastecimiento, planificación agrícola, protección del ganado, reducción de pérdidas en redes y preparación de sistemas sanitarios y de emergencia.

Este enfoque modifica la lógica tradicional de respuesta. En lugar de esperar hasta que la sequía se transforme en una emergencia visible, intenta actuar durante las primeras etapas del deterioro.

Las medidas estructurales son igualmente importantes: aumentar la eficiencia del riego, reducir pérdidas de agua urbana, conservar suelos, proteger cuencas, diversificar fuentes y evitar la sobreexplotación de acuíferos puede aumentar la capacidad de resistir períodos secos.

Las sequías prolongadas son silenciosas precisamente porque sus consecuencias se acumulan. Pero esa lentitud también proporciona una oportunidad: observar, anticipar y administrar el riesgo antes de que falten simultáneamente agua, producción y capacidad de respuesta.8

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Juan Daniel Missaglia, fundador de Orbes Argentina

Sobre el autor

Juan Daniel Missaglia

Investigador y divulgador

Fundador y director de Orbes Argentina, medio digital independiente especializado en emergencias, clima extremo, ciencia, geopolítica y tendencias globales.

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