Descubren la región volcánica más grande de la Tierra bajo la Antártida Occidental
Qué se descubrió bajo el hielo de la Antártida Occidental
La Antártida suele imaginarse como un continente de hielo eterno y silencio geológico. Sin embargo, bajo la Antártida Occidental se esconde un paisaje mucho más activo: una provincia volcánica enorme, enterrada por kilómetros de hielo.
Un trabajo académico realizado en la Universidad de Edimburgo identificó 138 estructuras volcánicas en la Antártida Occidental, de las cuales 91 no habían sido reconocidas previamente. Es decir: no se “crearon” volcanes nuevos, sino que se descubrieron gracias a datos y técnicas que permiten “ver” a través del hielo.
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Lo más impactante es el tamaño del hallazgo. Las edificaciones volcánicas detectadas varían desde relieves de alrededor de 100 metros hasta colosos de cerca de 3.850 metros de altura, concentrados a lo largo de un gran sistema tectónico de la región.
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Este tipo de descubrimiento, popularizado en notas de 2020 y años cercanos, reavivó una pregunta clave: ¿qué significa tener tantos volcanes debajo de una de las masas de hielo más frágiles del planeta?

Quién fue Max Van Wyk de Vries y por qué este hallazgo sorprendió
Parte de la atención mediática se debe a un dato poco común: el estudio fue concebido por Max Van Wyk de Vries cuando era estudiante (se difundió como un proyecto de grado/estudiante en la Escuela de Geociencias de Edimburgo). Esa historia se volvió viral porque rompe el molde: un investigador joven impulsando un mapa que reconfigura cómo entendemos la Antártida.
Más allá del detalle humano, lo importante para el lector es lo siguiente: la ciencia antártica no se apoya solo en expediciones “de película”, sino también en el reanálisis inteligente de grandes bases de datos y campañas geofísicas acumuladas durante décadas.
El inventario no afirma que todos esos volcanes estén activos hoy. Lo que hace es organizar la evidencia geomorfológica y geofísica para detectar formas volcánicas bajo el hielo: conos, domos, crestas y estructuras compatibles con volcanismo subglacial.
Por eso, el hallazgo es doble: revela la magnitud del campo volcánico y, al mismo tiempo, abre una agenda de investigación sobre su actividad real, su calor basal y su interacción con el hielo.

Cómo detectaron 91 volcanes ocultos: radar, mapas y “huellas” geológicas
¿Cómo se encuentra un volcán si está cubierto por kilómetros de hielo? La clave está en combinar varias herramientas. En términos simples, los científicos usan mediciones capaces de reconstruir el relieve del lecho rocoso (lo que hay debajo del hielo) y buscar patrones típicos de volcanes.
Una de las técnicas centrales es el radar de penetración de hielo (ice-penetrating radar), que permite estimar el espesor del hielo y mapear la topografía subglacial. A eso se suman datos aerogeofísicos, como mediciones magnéticas y gravimétricas, que ayudan a inferir estructuras y contrastes en el subsuelo (métodos usados en campañas científicas antárticas desde hace décadas).
Con esos mapas, se buscan formas “firmadas” por el volcanismo: elevaciones cónicas, alineamientos, bases circulares y relaciones con rifts (zonas donde la corteza se estira). Luego se catalogan como volcanes conocidos, probables o nuevos.
Si querés ver el enfoque desde fuentes directas, estos enlaces son una buena base:
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comunicado de la Universidad de Edimburgo sobre los 91 volcanes bajo el hielo
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artículo científico del inventario en Lyell Collection (Geological Society)

La Antártida Occidental y el Rift: por qué hay tanto volcanismo allí
La Antártida Occidental no es “una plancha” uniforme. Está atravesada por un gran sistema tectónico asociado a extensión de la corteza, conocido como el West Antarctic Rift System (sistema de rift de la Antártida Occidental). En regiones de rift, la corteza se adelgaza, asciende material caliente y puede producirse volcanismo con más facilidad.
El inventario de volcanes se distribuye, justamente, en grandes cuencas y sectores profundos de la Antártida Occidental, coherentes con ese marco geodinámico.
Esto importa porque conecta el hallazgo con un mecanismo físico: no sería una “rareza aislada”, sino una consecuencia de cómo está estructurada la región. Y también explica por qué los volcanes pueden aparecer alineados o agrupados.
En términos de riesgos y escenarios, hay que ser precisos: tener volcanes no significa erupción inminente. Pero sí implica la posibilidad de flujo de calor geotérmico más alto en zonas específicas, lo cual puede afectar el hielo desde abajo (y eso es crucial en un sistema que ya está estresado por el calentamiento global y por cambios en los océanos).

Qué implica para el hielo: calor geotérmico, deshielo basal y deslizamiento
La interacción entre volcanismo y hielo se juega, sobre todo, en la base: el deshielo basal. Aunque la superficie antártica esté a temperaturas extremas, debajo del hielo puede existir agua líquida por presión, fricción y calor proveniente del interior de la Tierra.
Si en ciertas áreas el flujo de calor es mayor (por vulcanismo o por la propia tectónica del rift), se puede facilitar la formación de agua subglacial. Esa agua actúa como “lubricante”, lo que puede favorecer el deslizamiento de los glaciares hacia el mar y acelerar el flujo de hielo. (Esto no es automático ni uniforme: depende del relieve, del drenaje subglacial y de la dinámica glaciar local).
Además, una erupción subglacial, si ocurriera, puede generar pulsos de agua de deshielo y cambios súbitos en el drenaje bajo el hielo. El propio inventario plantea que incluso volcanismo dormido puede influir al aumentar el flujo de calor hacia la interfaz hielo-roca.
Por eso, el hallazgo no se lee como “catástrofe segura”, sino como una pieza clave para modelar mejor la Antártida Occidental: dónde podría haber más calor basal, más agua subglacial y, por lo tanto, mayor sensibilidad en el movimiento del hielo.

Preguntas abiertas: ¿están activos?, ¿podrían influir en el nivel del mar?
La pregunta que más circula en medios es: “¿están activos esos volcanes?”. La respuesta honesta es: no se sabe cuántos lo están hoy. El inventario identifica estructuras volcánicas y amplía el mapa; la actividad requiere evidencia adicional, como señales sísmicas, mediciones térmicas, química de gases (cuando aplica) o indicios geológicos más directos.
Otra pregunta inevitable es el nivel del mar. La Antártida Occidental contiene hielo con potencial para contribuir significativamente al aumento del nivel del mar si se desestabiliza. El volcanismo, por sí solo, no “derrite la Antártida”, pero puede actuar como factor modulador en zonas puntuales: más calor basal, más agua subglacial y posibles aceleraciones locales.
También existe una hipótesis discutida en volcanología glacial: al perderse hielo y disminuir la presión, podría cambiar el estado de esfuerzos y favorecer mayor actividad magmática en ciertos contextos (se suele citar como analogía lo observado en Islandia). Esto no es una predicción directa para la Antártida, pero sí un marco para estudiar posibles retroalimentaciones entre hielo y volcanismo.
En definitiva, el gran aporte del hallazgo es estratégico: mejora el “mapa base” para futuras campañas, y obliga a integrar geología profunda, hielo y océano en un mismo modelo. Entender la Antártida Occidental hoy es entender un sistema donde clima, rift y calor interno pueden interactuar.
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