10 lugares para ir en un Apocalipsis zombie – Análisis
En 2019 se hizo viral un artículo sobre un estudio de la Universidad de Cornell que simulaba qué ocurriría si Estados Unidos sufriera una epidemia de zombis. Los investigadores aplicaron modelos epidemiológicos avanzados, los mismos que se usan para entender cómo se expanden enfermedades reales. La conclusión fue tan inquietante como clara: las grandes ciudades serían las primeras en caer, mientras que las zonas remotas, como las Montañas Rocosas, ofrecerían la mejor oportunidad de sobrevivir.
A partir de esa idea, podemos imaginar 10 lugares estratégicos para ir en un Apocalipsis zombie, combinando lo que dice la ciencia sobre propagación de brotes con el sentido común de cualquier fan de las historias de supervivencia. La clave no es solo huir, sino elegir sitios donde la densidad de población sea baja, el acceso esté limitado y los recursos permitan mantenerse con vida durante meses.
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1. Altas montañas: Montañas Rocosas y Andes patagónicos
Los modelos de Cornell mostraban que, a medida que el brote avanza, los zombis se concentran en las áreas urbanas y rurales más conectadas. En cambio, las zonas montañosas remotas quedan relativamente aisladas.
El primer destino lógico son las Montañas Rocosas, con valles profundos, pasos difíciles y climas extremos. Allí la movilidad de los infectados es limitada, la densidad de población es baja y es posible encontrar agua de deshielo y caza menor. Un pequeño refugio en altura, lejos de las rutas principales, reduce al mínimo la probabilidad de encuentros con hordas zombis.
Como alternativa en el hemisferio sur, las regiones patagónicas de los Andes, con caminos de ripio, inviernos duros y pueblos muy dispersos, replican esa ventaja estratégica. Un poblado pequeño cerca de un lago de montaña, con bosques y leña abundante, sería uno de los mejores lugares para resistir un Apocalipsis zombie.

2. Islas remotas: Aleutianas, Atlántico sur y lagos interiores
En epidemiología, el concepto de aislamiento geográfico es clave. Si un patógeno no puede cruzar el agua con facilidad, la cadena de contagio se corta. Lo mismo ocurre con los zombis: una isla alejada de las rutas marítimas es una barrera natural.
Las islas Aleutianas y otras islas frías, con pocos habitantes y costas escarpadas, ofrecerían una defensa adicional: el clima hostil dificulta la resistencia física de los muertos vivientes y desanima a otros sobrevivientes hostiles.
Más cerca del Cono Sur, islas del Atlántico sur o islas lacustres en lagos grandes, accesibles solo por bote, pueden transformarse en fortalezas improvisadas. Un pequeño grupo bien organizado puede controlar los puntos de acceso, filtrar quién llega y crear un microecosistema autosuficiente con pesca, recolección y cultivos básicos.
Para entender mejor cómo influye el aislamiento en la propagación de epidemias, vale la pena revisar materiales sobre modelos de difusión de enfermedades en redes como los que explica la epidemiología de poblaciones dispersas en sitios especializados de ciencia aplicada: modelos de propagación de enfermedades en redes complejas.

3. Regiones frías y casi deshabitadas: Ártico, estepa y taiga
Otro conjunto de lugares ideales son las regiones frías y despobladas, donde la vida humana ya es un desafío. Si hoy apenas viven personas allí, en un escenario apocalíptico la cantidad de zombis y saqueadores sería todavía menor.
El Ártico canadiense o zonas interiores de Alaska reúnen varias ventajas: bajas temperaturas que pueden ralentizar la descomposición y el movimiento de los zombis, distancias enormes entre asentamientos y fauna que, si se gestiona con cuidado, aporta alimento. El riesgo principal está en el clima extremo, por lo que la preparación previa en vestimenta, refugio y logística es esencial.
Algo similar ocurre con la estepa patagónica interior o la taiga siberiana: vastas extensiones con muy poca gente, caminos de tierra y comunicaciones precarias. Un pequeño puesto rural con tanque de agua, molino de viento y galpón amplio puede ser convertido en un bastión de supervivencia, siempre que se refuercen puertas y ventanas y se gestionen bien las reservas de combustible.
Quien se interese por cómo las condiciones climáticas afectan la supervivencia de patógenos y organismos puede explorar recursos de divulgación como este artículo sobre impacto del clima en las epidemias modernas: clima extremo y enfermedades infecciosas.

4. Búnkers, silos abandonados y bases militares fuera del mapa
No todo son paisajes naturales. Hay lugares construidos por el ser humano que se diseñaron para soportar guerras nucleares, catástrofes y ataques masivos. En un mundo de zombis, búnkers subterráneos y silos de misiles abandonados se convierten en refugios casi perfectos.
Los antiguos silos de misiles del Medio Oeste estadounidense son un ejemplo famoso: estructuras profundas, con entradas estrechas y reforzadas, diseñadas para mantener a la gente viva bajo tierra durante semanas. Adaptados con paneles solares en superficie, huertas elevadas y sistemas de filtrado de agua, podrían ofrecer una combinación de seguridad física y autonomía energética.
En Europa del Este y otras regiones hay búnkers civiles y militares construidos durante la Guerra Fría, muchos de ellos en zonas rurales o montañosas. Reutilizarlos exige trabajo: limpiar, asegurar ventilaciones, establecer protocolos de entrada y salida. Pero una vez acondicionados, funcionan como centros de comando desde donde observar el avance de la infección con relativa tranquilidad.
Para conocer ejemplos reales de estos refugios, son útiles reportajes sobre búnkers de la Guerra Fría convertidos en espacios civiles, como los documentados en publicaciones de arquitectura y defensa: búnkers subterráneos reutilizados en la actualidad.
5. Movilidad extrema: barcos de altura, plataformas y pueblos rurales
El último grupo de lugares no es tanto un punto fijo como una estrategia de movilidad controlada. Un Apocalipsis zombie no solo obliga a esconderse; a veces es necesario desplazarse para buscar combustible, medicinas o aliados.
Uno de los refugios más versátiles sería un barco de altura apto para navegación oceánica. En mar abierto, lejos de puertos y rutas comerciales, los zombis no representan una amenaza directa. El verdadero reto es la logística: combustible, mantenimiento del motor, alimentos no perecederos y, si es posible, algún sistema de pesca y desalinización. Un pequeño velero bien equipado disminuye la dependencia del combustible y podría funcionar como base flotante que solo se acerca a la costa en zonas despobladas.
Otra opción interesante son las plataformas petroleras o de investigación en medio del océano. Están diseñadas para resistir tormentas, tienen generadores eléctricos, depósitos de agua y un control estricto de accesos. Convertidas en refugios, bastaría con limpiar cualquier infección inicial y establecer un protocolo de atraque para botes externos.
Pueblos rurales aislados
Finalmente, están los pueblos rurales aislados, lejos de autopistas y grandes ciudades. Un pueblo con menos de mil habitantes, rodeado de tierras cultivables y con un solo acceso principal, puede organizarse en comunidad: barricadas en los caminos, turnos de vigilancia, almacenes compartidos y reglas claras de convivencia. La clave es evitar que esa tranquilidad se vea comprometida por la llegada descontrolada de refugiados procedentes de grandes urbes.
En todos estos escenarios, más allá del lugar concreto, la idea central es la misma: alejarse de la densidad de población y de las grandes redes de transporte. Los modelos de Cornell mostraban que los zombis se propagan como una enfermedad, saltando de nodo en nodo a través de carreteras, rutas aéreas y ferroviarias. Cuanto más lejos estés de esas conexiones, más tiempo tendrás para organizarte, aprender nuevas habilidades y construir una comunidad resistente.
También es fundamental recordar que ningún refugio es invulnerable. Incluso en las Montañas Rocosas o en una isla remota, seguirás necesitando planificación, herramientas, conocimientos básicos de primeros auxilios, agricultura y defensa. El verdadero “lugar seguro” en un Apocalipsis zombie no es un punto en el mapa, sino la combinación de territorio, personas preparadas y capacidad de adaptarse.
Si algo nos enseña este ejercicio de imaginación, inspirado en estudios científicos reales sobre la propagación de epidemias y en el famoso proyecto de Cornell, es que pensar en escenarios extremos ayuda a comprender mejor nuestra fragilidad diaria. Nos recuerda por qué es importante fortalecer los sistemas de salud pública, planificar emergencias y aprender a vivir con mayor resiliencia, incluso cuando no haya zombis de por medio.
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