Entrenador de perros desarrolló una habilidad para comunicarse con animales
En la historia de la ciencia del comportamiento animal hay personajes que parecen salidos de una novela. Uno de ellos es Bernard Bernardovich Kazhinskiy, un entrenador de perros y científico soviético convencido de que los animales podían recibir mensajes sin palabras. En 2018, diversos artículos rescataron su figura y sus experimentos, devolviendo a la actualidad una pregunta inquietante: ¿es posible comunicarse con los animales más allá de la voz y los gestos?
Kazhinskiy no era un místico cualquiera. Tenía formación técnica, trabajó en investigación de radio y electricidad y combinó ese conocimiento con su experiencia en el circo. De esa mezcla nació una idea provocadora: quizás el cerebro humano y el animal pudieran funcionar como una especie de emisores y receptores biológicos, capaces de intercambiar información sin contacto físico.
A partir de esa intuición, el entrenador decidió dedicar su vida a comprobar si los perros podían recibir órdenes telepáticas. Lo hizo en un contexto muy particular: la Rusia soviética de entreguerras, fascinada por lo paranormal pero también obsesionada con encontrar ventajas militares y tecnológicas en cualquier fenómeno extraño. Atlas Obscura+1

Un domador de circo obsesionado con la mente animal
Antes de convertirse en investigador, Kazhinskiy trabajaba como adiestrador y artista de circo. Dominaba el lenguaje corporal de los perros, sabía cómo reaccionaban a los premios, a los castigos y a los pequeños trucos del escenario. Pero su curiosidad iba más allá del espectáculo: quería saber qué sucedía dentro de la mente de sus animales.
Según sus propios relatos, fue observando detalles sutiles. Perros que parecían anticiparse a sus movimientos, animales que reaccionaban a intenciones no expresadas. Aquello podía ser simple condicionamiento o lectura de señales mínimas, pero también podía indicar algo más profundo.
Kazhinskiy se preguntó si esas respuestas eran sólo reflejos bien entrenados o si los perros captaban patrones invisibles, como campos eléctricos o magnéticos generados por el cuerpo humano. Esa obsesión lo llevó a estudiar obras de física, psicología y parapsicología, y a formular una hipótesis audaz: la comunicación mental podría funcionar como una especie de “radio biológica”. GJR Publication+1
Para poner a prueba su intuición necesitaba un entorno más controlado que la pista del circo. Y ahí entró en escena otro personaje clave: Vladimir L. Durov, el domador de animales más famoso de Rusia, conocido por su habilidad para dar órdenes “silenciosas” a sus perros.

Vladimir Durov y el laboratorio de los perros psíquicos
Durov había transformado su casa en un laboratorio de psicología animal, donde investigadores y funcionarios soviéticos acudían a observar sus demostraciones. Cuando Kazhinskiy llegó a su laboratorio en la década de 1920, encontró el lugar perfecto para convertir la intuición en experimento. GJR Publication+1
Juntos diseñaron una serie de pruebas estandarizadas. El procedimiento básico era sencillo, pero meticulosamente repetido:
Durov se concentraba en una orden específica para el perro: traer un objeto, ir a un lugar, realizar una acción concreta.
Se evitaba cualquier pista evidente: nada de palabras, gestos ni señales visibles.
Observadores externos registraban el comportamiento del animal y comprobaban si cumplía la tarea.
A lo largo de unos dos años llevaron a cabo alrededor de 1.300 experimentos, de los cuales unas dos terceras partes fueron considerados exitosos según los criterios de la época. Para Kazhinskiy, aquellos resultados eran la prueba de que los perros podían recibir “sugerencias mentales” a distancia. GJR Publication+1
Algunos de los episodios que describió son casi cinematográficos. En una ocasión, Durov intentó enviar a un perro la orden de buscar una guía telefónica en otra habitación. En los primeros intentos el animal se confundió, pero finalmente trajo el objeto correcto, lo que fue registrado como un éxito espectacular. GIGAZINE
Para descartar explicaciones simples, los investigadores introdujeron variaciones: cambiaban de perro, de persona que enviaba la orden, de lugar, de distancia. Incluso encerraron a los animales en jaulas que bloqueaban señales eléctricas, a modo de jaulas de Faraday, y observaron que las supuestas órdenes mentales dejaban de funcionar cuando la puerta estaba cerrada. Psi Open Data+1

La teoría de la “radio biológica” y la telepatía canina
Kazhinskiy resumió su visión en una expresión que hoy suena extraña pero sugerente: “comunicaciones de radio biológica”. Imaginaba el cuerpo humano como un conjunto de antenas vivas, capaces de emitir y recibir ondas sutiles ligadas a la actividad nerviosa.
En su interpretación, cuando Durov se concentraba intensamente en una imagen —el perro caminando hacia un objeto, el giro que debía hacer, el lugar exacto donde debía detenerse— generaba una especie de campo informativo. El perro, en estado de atención extrema, sería capaz de “sintonizar” ese campo y transformarlo en acción. GJR Publication+1
Aunque hoy esta explicación nos parezca más cercana a la parapsicología que a la ciencia estricta, Kazhinskiy trató de apoyarse en el conocimiento de su tiempo. Estudió resonancias, campos electromagnéticos y sistemas de transmisión de radio. Para él, las neuronas podían funcionar como osciladores biológicos.
Esa visión conectaba con otros intentos de la época por explicar fenómenos mentales misteriosos mediante metáforas tecnológicas. Así como algunos psiquiatras hablaban de “circuitos” y “cortocircuitos” del cerebro, Kazhinskiy prefería hablar de emisiones y recepciones, adaptando el lenguaje de la radio a la biología.
Hoy sabemos que muchas de las conclusiones de aquellos estudios no resisten la revisión estadística moderna ni los estándares actuales de doble ciego. Sin embargo, su trabajo quedó como un antecedente llamativo dentro de los experimentos soviéticos de telepatía con perros que inspirarían, décadas más tarde, proyectos militares tanto en la URSS como en Estados Unidos.
Qué nos dicen hoy estos experimentos sobre los perros
Aunque la comunidad científica actual es extremadamente escéptica respecto a la telepatía animal, los estudios de Durov y Kazhinskiy ayudan a subrayar algo que sí está bien documentado: la sensibilidad extraordinaria de los perros a las señales humanas.
Numerosos trabajos modernos muestran que los perros pueden:
Leer expresiones faciales y distinguir emociones básicas en el rostro de sus dueños. National Geographic
Interpretar cambios mínimos en el tono de voz y en la postura corporal.
Recordar decenas o incluso cientos de palabras asociadas a objetos y acciones. Wikipedia
También se ha comprobado que los perros son capaces de seguir nuestra mirada, detectar gestos sutiles con la mano e incluso mostrar comportamientos similares a la empatía y los celos, lo que refuerza la idea de un vínculo cognitivo y emocional profundo con los humanos. National Geographic+1
Desde esta perspectiva, muchos de los “milagros” observados por Kazhinskiy pueden explicarse sin recurrir a la telepatía:
Los animales podrían estar leyendo microgestos involuntarios del entrenador.
Podrían utilizar pistas contextuales del entorno, como la posición de objetos o el hábito adquirido en sesiones previas.
Incluso el simple azar, sumado a una interpretación optimista de los resultados, pudo haber inflado el número de éxitos.
Sin embargo, la historia de estos experimentos sigue fascinando porque nos recuerda hasta qué punto subestimamos la mente de los animales. Nuestros perros quizá no reciban órdenes por ondas mentales, pero sí parecen poseer una capacidad sorprendente para sintonizarse emocionalmente con nosotros.
No es casual que artículos recientes y documentales sobre historia de la parapsicología soviética y los perros psíquicos sigan generando interés: entre la ciencia y el mito, estos relatos nos obligan a replantear cuánto sabemos realmente sobre la conciencia animal. GIGAZINE
Legado, controversias y fascinación permanente
El legado de Kazhinskiy es ambiguo. Desde un punto de vista estrictamente científico, muchos consideran que sus investigaciones pertenecen más a la historia de la parapsicología que a la etología moderna. Sus métodos carecían de los controles doble ciego, de la aleatorización rigurosa y de la replicación independiente que hoy consideramos indispensables.
Pero desde una perspectiva histórica y cultural, su figura es clave por varias razones:
En primer lugar, abrió el camino para pensar la comunicación humano–animal como algo más complejo que una simple cadena de órdenes y respuestas mecánicas. Al exagerar las capacidades de los perros, terminó poniendo sobre la mesa una pregunta real: ¿cuánto entienden ellos de nosotros y de nuestro mundo?
En segundo lugar, sus ideas contribuyeron a que se financiaran investigaciones —algunas muy extravagantes— sobre percepción extrasensorial, control mental y uso militar de capacidades psíquicas. Buena parte de esos proyectos fracasó, pero dejaron tras de sí una curiosa mezcla de documentos secretos, informes técnicos y anécdotas que hoy alimentan libros y reportajes. The Black Vault Documents+1
Finalmente, su historia sirve como advertencia: la fascinación no sustituye al método científico. Es legítimo hacerse preguntas audaces, pero las respuestas deben pasar por filtros rigurosos. De lo contrario, se corre el riesgo de confundir coincidencias con descubrimientos.
Paradójicamente, los avances contemporáneos en estudios modernos sobre inteligencia canina han demostrado que no hace falta invocar la telepatía para maravillarse con los perros. Su capacidad de cooperación, su flexibilidad cognitiva y su sensibilidad social ya son, por sí solas, extraordinarias. National Geographic
Hoy, más de un siglo después de aquellos ensayos en el laboratorio de Durov, los trabajos de Kazhinskiy siguen inspirando historias, artículos y debates. Este texto, publicado originalmente en 2018 y revisado para la era digital, se inscribe en esa tradición: la de mirar al perro que tenemos al lado y preguntarnos qué ocurre detrás de esos ojos atentos.
Quizás nunca demostremos que existe una “radio biológica” que conecte nuestras mentes. Pero cada vez que un perro parece responder a un pensamiento no dicho, volvemos a sentir el eco de aquellos experimentos soviéticos y de un entrenador que quiso, literalmente, escuchar la voz de los animales.
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