Mejor académico sueco: el coronavirus es el clavo final en el ataúd del globalismo
La idea de que “el coronavirus es el clavo final en el ataúd del globalismo” se hizo conocida a partir de declaraciones del académico sueco Lars Bern, quien sostuvo que la pandemia destruiría el proyecto globalista y pondría fin a la era de la migración masiva. Su tesis mezcla geopolítica, economía y miedos culturales que ya estaban presentes antes del COVID-19 y que la crisis sanitaria amplificó.
Más de tres años después del inicio de la pandemia, vale la pena revisar hasta qué punto esas predicciones se cumplieron, qué aciertos tuvieron y dónde se alejaron de la realidad. Este análisis busca ofrecer una mirada crítica, útil para lectores interesados en geopolítica, economía mundial y futuro del orden internacional.

Quién es Lars Bern y qué sostuvo sobre el globalismo
Lars Bern es un ingeniero y doctor en tecnología sueco, conocido por sus críticas a las élites políticas y económicas de la Unión Europea y por su cercanía a medios y canales alternativos. En una entrevista difundida por plataformas digitales, argumentó que el globalismo ya venía mostrando signos de agotamiento y que el coronavirus solo aceleraría un proceso de derrumbe. The People’s Voice
Según Bern, el modelo globalista habría creado una economía extremadamente interdependiente, cadenas de suministro frágiles y una política migratoria basada en fronteras abiertas. A su juicio, la pandemia forzaría a los países a cerrar fronteras, relocalizar industrias estratégicas y replegarse sobre el Estado-nación, abandonando proyectos supranacionales como la integración europea.
En su lectura, la crisis sanitaria no era solo un problema de salud pública, sino la oportunidad para que las sociedades “despertaran” frente a lo que él consideraba los fracasos del globalismo: pérdida de soberanía, desindustrialización y presión migratoria sobre los sistemas de bienestar europeos.

Globalismo antes del coronavirus: un modelo en tensión
Mucho antes del COVID-19, el globalismo económico ya enfrentaba críticas. La expansión del comercio mundial, la deslocalización de fábricas y el auge de las cadenas de valor globales permitieron abaratar productos y sacar de la pobreza a millones de personas, especialmente en Asia.
Sin embargo, también generaron desigualdades internas, regiones desindustrializadas y una sensación de pérdida de control en amplios sectores de clase media y trabajadora. Es el caldo de cultivo en el que crecieron movimientos soberanistas, partidos anti-sistema y discursos que culpan al “globalismo” de casi todos los males contemporáneos.
La crisis financiera de 2008, la ola de refugiados de 2015 en Europa y la creciente tensión entre Estados Unidos y China ya habían puesto en cuestión la idea de un mundo en camino a una integración cada vez mayor. La pandemia llegó a un escenario donde el proyecto globalista estaba cuestionado, pero no derrotado.

La pandemia como shock al sistema global
Cuando la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró la pandemia de COVID-19, en marzo de 2020, el mundo asistió a un cierre de fronteras sin precedentes en tiempos de paz. Vuelos cancelados, restricciones de movilidad y confinamientos parecían darle la razón a quienes veían en el virus la prueba del fracaso del mundo interconectado. UNSD+1
En efecto, el golpe económico fue duro. La Organización Mundial del Comercio estimó que el volumen del comercio mundial de mercancías cayó alrededor de un 5–8 % en 2020, una de las mayores caídas desde la Segunda Guerra Mundial. OMC+1 Sectores como el turismo internacional y el transporte aéreo quedaron prácticamente paralizados.
Al mismo tiempo, se visibilizó la dependencia de insumos críticos fabricados en pocos países: desde mascarillas y respiradores hasta principios activos farmacéuticos. Muchos gobiernos comenzaron a hablar de “autosuficiencia estratégica”, relocalización de industrias y diversificación de proveedores, conceptos que encajan con la crítica de Bern al globalismo desregulado.
La pandemia también alimentó un clima de desconfianza entre potencias, con acusaciones cruzadas sobre el origen del virus, la transparencia de los datos y el uso político de las vacunas. Para muchos analistas, el COVID-19 aceleró la transición hacia un mundo más multipolar y competitivo.

Migración, fronteras y el mito del “fin de la migración masiva”
Uno de los puntos más polémicos en la tesis de Bern es la idea de que la pandemia significaría el fin de la migración masiva. Es cierto que, durante 2020, los flujos migratorios se redujeron drásticamente por el cierre de fronteras, la caída del empleo y la incertidumbre global. Organismos como la OCDE y la OIM registraron descensos cercanos al 40–45 % en nuevos permisos de residencia y trabajo en los países más desarrollados durante los primeros meses de la crisis. OECD+1
Sin embargo, una lectura más completa muestra que la migración dista de haber terminado. El stock de migrantes internacionales siguió creciendo y, según informes posteriores de Naciones Unidas, en 2020 había alrededor de 281 millones de migrantes en el mundo, frente a 272 millones en 2019, aunque el aumento fue menor al esperado sin pandemia. reliefweb.int+1
Con la reapertura gradual de fronteras, muchos países volvieron a necesitar mano de obra migrante en sectores clave como la salud, la agricultura, el cuidado de personas mayores o la alta tecnología. Estudios recientes muestran que, tras la caída de 2020, los flujos migratorios retomaron niveles cercanos a la tendencia previa para 2021-2022, salvo en algunos países con políticas especialmente restrictivas. SAGE Journals
En otras palabras, la pandemia alteró la migración, pero no la eliminó. Más que un “clavo final”, parece haber sido una pausa forzada que abrió nuevos debates sobre derechos de los migrantes, seguridad sanitaria y dependencia económica de la movilidad internacional.

¿Se destruyó realmente el globalismo?
Si medimos el globalismo solo por la intensidad del comercio y la inversión internacional, la respuesta corta es no. El comercio de bienes rebrotó con fuerza a partir de 2021 y, en algunos sectores, superó los niveles previos, aunque con cambios en las rutas y los socios. Informes de la OCDE y la OMC muestran que el shock de 2020 fue profundo, pero temporal, sin una ruptura total de las cadenas globales de valor. OECD+1
Lo que sí cambió fue el discurso político: conceptos como “soberanía industrial”, “nearshoring” o “friend-shoring” ganaron protagonismo. Gobiernos de distintas orientaciones ideológicas empezaron a revisar su dependencia de proveedores únicos para productos estratégicos, desde microchips hasta vacunas.
El globalismo financiero también enfrentó tensiones, pero los bancos centrales y organismos multilaterales reaccionaron con políticas coordinadas para evitar un colapso sistémico. Lejos de desaparecer, instituciones como el FMI o el Banco Mundial mantuvieron un rol central en la gestión de la crisis.
En el terreno político, proyectos como la Unión Europea vivieron momentos de tensión, especialmente durante la primera ola, cuando cada país actuó de forma descoordinada. Sin embargo, la creación de fondos de recuperación y la compra conjunta de vacunas mostraron que la respuesta fue, finalmente, más cooperativa que rupturista.
Todo esto sugiere que el coronavirus no mató al globalismo, pero sí lo obligó a redefinirse. Más que un funeral, estamos viendo una etapa de “re-globalización” con nuevas reglas, más sensibilidad a los riesgos y una competencia geopolítica más marcada.
Lecciones ciudadanas: entre la soberanía y la cooperación
La mirada de Lars Bern pone el énfasis en recuperar la soberanía nacional, cerrar fronteras y priorizar al propio ciudadano frente al “otro” global. Es un diagnóstico que resuena en parte de la opinión pública, sobre todo en contextos de miedo e incertidumbre.
Pero la experiencia de la pandemia también deja claras las limitaciones del repliegue total. Ningún país pudo enfrentar el COVID-19 en aislamiento: la cooperación científica internacional, el intercambio de datos epidemiológicos y el desarrollo colaborativo de vacunas fueron esenciales, como muestran los informes de la Organización Mundial de la Salud. UNSD+1
Para las sociedades, la verdadera lección parece ser la necesidad de equilibrar:
Más resiliencia local, evitando dependencias excesivas de un solo proveedor o región.
Más transparencia y control democrático sobre los acuerdos comerciales y las políticas migratorias.
Más cooperación internacional para problemas que no conocen fronteras, desde pandemias hasta cambio climático.
Reducir el debate a “globalismo malo vs. nacionalismo bueno” es una simplificación que puede alimentar xenofobia, conspiracionismo y decisiones de política poco eficaces. Una ciudadanía informada necesita ver tanto los costos como los beneficios de la integración global.
Conclusión: un clavo, pero no el último
¿Fue el coronavirus el “clavo final en el ataúd del globalismo”? A la luz de los datos, la metáfora parece exagerada. La pandemia golpeó el sistema global, expuso sus fragilidades y aceleró tendencias que ya estaban en marcha: rivalidad entre potencias, revisión de cadenas de suministro, debates sobre migración y fronteras.
Sin embargo, el mundo no se ha fragmentado en islas autárquicas. Seguimos viviendo en una realidad interconectada, donde decisiones tomadas en un país afectan la salud, la economía y la seguridad del resto. El desafío no es volver a un pasado idealizado de Estados autosuficientes, sino construir un nuevo equilibrio entre soberanía, cooperación y responsabilidad compartida.
Las advertencias de Lars Bern sirven como recordatorio de que ningún modelo es eterno ni está libre de crisis. Pero también muestran el riesgo de convertir una crisis real en un argumento absoluto contra todo lo que huele a “global”. La historia posterior al COVID-19 sugiere que el globalismo no ha muerto: está mutando, y el resultado final dependerá de las decisiones que tomemos como ciudadanos, gobiernos y comunidad internacional.




























