Grandes amenazas naturales del planeta

Resumen Orbes: grandes amenazas naturales del planeta

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Terremotos, tsunamis, erupciones volcánicas, ciclones tropicales, inundaciones, sequías, incendios y olas de calor forman parte de un planeta dinámico. Sin embargo, una amenaza natural no se convierte automáticamente en desastre: las consecuencias dependen también de cuántas personas y bienes están expuestos, de su vulnerabilidad y de la capacidad de una sociedad para anticiparse, responder y recuperarse.

Esta distinción resulta cada vez más importante. Una inundación de gran magnitud puede tener consecuencias muy diferentes en dos ciudades según su infraestructura, planificación territorial y sistemas de alerta. Del mismo modo, un terremoto de intensidad similar puede producir daños radicalmente distintos dependiendo de la calidad de las construcciones.

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El Informe de Evaluación Global sobre la Reducción del Riesgo de Desastres 2025 de Naciones Unidas advierte que los costos reales de los desastres son mucho mayores de lo que muestran las pérdidas directas: al incorporar efectos indirectos y daños a los ecosistemas, UNDRR estima que pueden superar los 2,3 billones de dólares anuales.

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Las grandes amenazas naturales del planeta tampoco funcionan de manera aislada. Un terremoto submarino puede originar un tsunami; lluvias extremas pueden desencadenar deslizamientos; un ciclón puede combinar viento, marejada e inundaciones; una sequía prolongada puede favorecer condiciones propicias para incendios. Comprender estas conexiones es fundamental para construir sistemas de emergencia preparados para eventos múltiples y en cascada.

Terremotos, tsunamis y volcanes: la energía interna de la Tierra

La tectónica de placas explica buena parte de los terremotos y de la actividad volcánica del planeta. En los límites donde las placas convergen, se separan o se deslizan lateralmente, las tensiones acumuladas pueden liberarse de forma repentina. Las zonas de subducción son particularmente relevantes porque allí pueden producirse algunos de los terremotos, tsunamis y procesos volcánicos más poderosos conocidos.

Un terremoto representa un desafío especial para las emergencias porque actualmente no existe un método científico capaz de predecir con precisión su fecha, lugar y magnitud. Lo que sí puede determinarse es qué regiones poseen mayor peligro sísmico, estudiar fallas activas y construir escenarios probabilísticos.

Los sistemas de alerta sísmica temprana cumplen otra función: detectan un terremoto después de que comenzó y pueden advertir a determinadas localidades antes de que lleguen las ondas más destructivas. Dependiendo de la distancia al epicentro, esa ventaja puede ser de segundos o decenas de segundos.

Cuando una gran ruptura submarina desplaza verticalmente el fondo oceánico, puede originarse un tsunami. En alta mar sus ondas pueden ser poco perceptibles, pero al aproximarse a costas poco profundas pueden aumentar considerablemente de altura y penetrar tierra adentro.

Los volcanes presentan otro conjunto de amenazas: lava, ceniza, gases, flujos piroclásticos y lahares. Algunas grandes erupciones también pueden inyectar dióxido de azufre en la estratosfera y provocar un enfriamiento climático temporal, aunque no todas las erupciones producen ese efecto.

Ciclones, inundaciones y tormentas: cuando varias amenazas llegan juntas

Los fenómenos hidrometeorológicos pueden afectar territorios enormes y producir emergencias simultáneas. Un ciclón tropical, por ejemplo, no representa únicamente un problema de viento. Puede generar marejada ciclónica, precipitaciones torrenciales, inundaciones, oleaje peligroso y deslizamientos, incluso lejos del punto donde el centro del sistema toca tierra.

Las inundaciones presentan una diversidad similar. Algunas crecen lentamente durante días, mientras que las inundaciones repentinas pueden desarrollarse en minutos u horas cuando lluvias muy intensas superan rápidamente la capacidad de drenaje o escurrimiento del terreno.

El riesgo aumenta cuando coinciden varios factores. Un suelo previamente saturado absorbe menos agua; la urbanización puede reducir las superficies permeables; una tormenta estacionaria puede descargar grandes cantidades de precipitación sobre la misma cuenca.

UNDRR señala que los desastres multiamenaza son particularmente importantes: aunque representan alrededor del 19 % de los desastres clasificados como tales en los registros analizados, concentran aproximadamente el 59 % de las pérdidas económicas estudiadas.

Esto modifica la manera de pensar las emergencias. Prepararse únicamente para “un ciclón” puede resultar insuficiente si el verdadero escenario implica simultáneamente cortes eléctricos, evacuaciones costeras, carreteras inundadas, interrupción de comunicaciones y hospitales funcionando con infraestructura limitada.

Por eso, la gestión moderna del riesgo intenta avanzar hacia una visión multiamenaza, en la que se analizan no solamente los fenómenos iniciales sino también las consecuencias que pueden desencadenarse unas sobre otras.

Calor extremo, sequías e incendios en un clima que continúa calentándose

No todas las grandes amenazas naturales aparecen de manera repentina. Las sequías pueden desarrollarse durante meses, mientras que las olas de calor pueden abarcar grandes regiones durante días o semanas. Su menor espectacularidad visual no implica menor riesgo.

El calor extremo puede aumentar la mortalidad, agravar enfermedades cardiovasculares y respiratorias, elevar la demanda eléctrica y afectar a trabajadores expuestos. En las ciudades, el efecto de isla de calor urbana puede mantener temperaturas elevadas incluso durante la noche, reduciendo la posibilidad de recuperación fisiológica.

Las sequías operan en otra escala temporal. Cuando persisten, disminuyen reservas de agua, afectan cultivos, ganadería, generación hidroeléctrica y ecosistemas. También pueden contribuir a condiciones favorables para incendios, aunque ningún incendio individual debe atribuirse automáticamente al cambio climático sin un análisis específico.

El Estado del Clima Mundial 2025 de la Organización Meteorológica Mundial confirmó que 2015-2025 fueron los once años más cálidos registrados y que 2025 estuvo aproximadamente 1,43 °C por encima del promedio de 1850-1900. El informe documenta además impactos importantes asociados con calor intenso, precipitaciones extremas y ciclones tropicales.

Esto tampoco significa que el calentamiento global provoque todas las amenazas naturales. Los terremotos y las erupciones volcánicas tienen fundamentalmente causas geológicas. En cambio, el cambio climático sí puede modificar la probabilidad o intensidad de determinados extremos meteorológicos y climáticos, aunque la influencia concreta depende del fenómeno y de la región.

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Amenazas en cascada: por qué un desastre puede desencadenar otro

Una de las mayores dificultades para la gestión de emergencias aparece cuando los peligros se combinan. Las fronteras entre terremotos, inundaciones, incendios o deslizamientos resultan claras en una clasificación, pero en una emergencia real pueden desaparecer rápidamente.

Un terremoto puede provocar deslizamientos, incendios, roturas de presas o tsunamis. Una erupción volcánica puede cubrir montañas con ceniza que posteriormente, al mezclarse con lluvias, origine lahares. Después de un gran incendio forestal, la pérdida de vegetación puede favorecer flujos de detritos durante precipitaciones intensas.

También existen consecuencias menos visibles. La interrupción de carreteras puede impedir el abastecimiento de alimentos o medicamentos; un apagón prolongado puede comprometer telecomunicaciones y sistemas de bombeo de agua; daños simultáneos en puertos y aeropuertos pueden retrasar la llegada de ayuda.

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El programa de amenazas naturales del USGS integra investigación y vigilancia de terremotos, volcanes, deslizamientos, inundaciones y otros peligros con el objetivo de mejorar la preparación y la resiliencia. El organismo destaca especialmente las zonas de subducción, donde pueden coincidir terremotos muy potentes, tsunamis, deslizamientos y actividad volcánica.

Este enfoque ayuda a explicar por qué la magnitud física de un fenómeno no determina por sí sola la magnitud del desastre. Importan también la densidad de población, la pobreza, las normas de construcción, la capacidad sanitaria, la disponibilidad de rutas de evacuación y la redundancia de las infraestructuras críticas.

El riesgo, por tanto, no puede reducirse únicamente vigilando la naturaleza. También requiere disminuir las vulnerabilidades creadas por las sociedades.

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De predecir el peligro a construir sociedades capaces de resistirlo

La tecnología permite observar el planeta con un nivel de detalle que era imposible hace pocas décadas. Satélites meteorológicos siguen tormentas y ciclones; redes sísmicas registran movimientos de la corteza; mareógrafos y boyas ayudan a detectar tsunamis; radares vigilan precipitaciones; sensores controlan volcanes y modelos numéricos estiman posibles evoluciones atmosféricas.

Pero capacidad de observación no significa capacidad de predicción absoluta. Los ciclones pueden pronosticarse con días de anticipación, aunque persisten incertidumbres sobre trayectoria e intensidad. Las condiciones favorables para incendios o inundaciones pueden estimarse, pero el comportamiento exacto depende de variables locales. Los terremotos continúan sin poder predecirse con fecha y hora.

Por eso, el avance decisivo no consiste solamente en intentar saber exactamente qué ocurrirá, sino en construir sistemas de alerta temprana, infraestructura resistente y planes de respuesta capaces de funcionar bajo incertidumbre.

La experiencia internacional también muestra que el riesgo cambia con las decisiones humanas. Construir en una planicie inundable, degradar barreras costeras naturales o expandir asentamientos sin normas antisísmicas puede aumentar la exposición. En sentido contrario, mapas de riesgo, códigos de construcción, evacuaciones planificadas y comunicaciones eficaces pueden reducir las consecuencias.

Las grandes amenazas naturales del planeta seguirán existiendo. Lo que sí puede cambiar es la vulnerabilidad frente a ellas. Ese es el punto central de la prevención moderna: un fenómeno natural extremo no tiene por qué convertirse inevitablemente en una catástrofe de la misma magnitud.

El desafío consiste en detectar antes, comunicar mejor y preparar ciudades e infraestructuras para situaciones que quizá sean poco frecuentes, pero cuyas consecuencias pueden extenderse durante años.

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Juan Daniel Missaglia, fundador de Orbes Argentina

Sobre el autor

Juan Daniel Missaglia

Investigador y divulgador

Fundador y director de Orbes Argentina, medio digital independiente especializado en emergencias, clima extremo, ciencia, geopolítica y tendencias globales.

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